miércoles, 11 de diciembre de 2013

PAPELERAS EN MIJAS (parte 3)

EMPLAZAMIENTO Y VÍAS DE COMUNICACIÓN
El núcleo urbano de Mijas se encuentra a 428 m de altitud sobre el nivel del mar y recostado
sobre la falda de la sierra que lleva su nombre, o el de Blanca, junto a la llamada Bermeja, y
que alcanza en sus cotas más altas los 1.150 m. Sus tierras estaban bañadas por innumerables arroyos, siendo los ríos Ojén y Las Pasadas los que, unidos para formar el Fuengirola, convierten sus tierras en un fértil valle.
El entorno geográfico donde se encontraban emplazados los primeros molinos nazaríes respondía a las condiciones ideales para su funcionamiento, luego se irá agregando el resto de los molinos harineros, de aceite, hasta la instalación de los primeros batanes de papel en el enclave ideal que fue Osunilla.
Uno de los requisitos para lograr un buen desarrollo y sobre todo la distribución de la producción, en esos años, era la localización de los molinos cercanos a la ciudad y sobre todo y, en este caso, a su puerto. Mijas enviaba casi todos sus productos desde Fuengirola por el mar, aunque también tenía una buena comunicación terrestre que se usaba alternativamente para los pueblos vecinos y del interior. Éstos caminos eran de herradura.
La red de comunicaciones partiendo de Málaga y siguiendo el litoral se hacía por el camino real que conducía a Marbella por el oeste.
Por razones de seguridad, se despegaba bastante del litoral pasando por Benalmádena y Mijas, situación que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XVIII, descendiendo a la costa a la
altura de Fuengirola siendo esta ruta segunda en importancia. El camino de más importancia
era el que unía la capital con la ciudad de Granada y que pasaba por Vélez Málaga, Zafarraya y Alhama.
El trayecto en carruaje o a caballo desde Málaga hasta Arroyo de la Miel se hacía en cuatro horas, y a Mijas en cinco o seis según las estaciones.




SALARIOS Y TAREAS
El artesano papelero, grupo social claramente definido, aparece constituido  fundamentalmente por antiguos maestros que entrarán en la ruina a medida que las nuevas técnicas de producción, y la consiguiente legislación laboral se vayan extendiendo a lo largo del siglo XIX, ante lo que tendrán que plantearse su actuación futura: seguir como artesanos o bien adecuarse al nuevo sistema de producción.
Aunque éstos se distinguen de los obreros de otras manufacturas conservando una relativa
autonomía en la organización del trabajo, ya que dominan una especialización altamente
cualificada, por lo que no están íntegramente sometidos a una voluntad exterior.
Los maestros papeleros no son meros ejecutantes; pese a su situación limitada intervienen
en la producción y la venta de su producto quedando comprometidos en una estructura económico-social muy particular.
Los salarios obreros no cualificados se sitúan en Málaga en 6 reales, cantidad inferior a la de cualquier jornalero. Los jornales malagueños en este periodo oscilaban entre los 8 y los 14 reales diarios correspondiendo la más alta remuneración a carpinteros, panaderos y albañiles, y los más bajos al hortelano y jornalero de fábrica en 8 a 9 reales diarios, y entre 10 y 12 a los diferentes oficios entre los que, como veremos, se encuentran los oficiales papeleros.
Se mantiene la diferencia entre los salarios masculinos y femeninos oscilando éstos entre la mitad o un tercio menos del valor que el de los hombres: alrededor de los 4 ó 5 reales en actividades industriales, siendo, por otra parte, verdaderos salarios de hambre los de la numerosa población de trabajadores infantiles.

LA MANO DE OBRA FEMENINA E INFANTIL EN LA FABRICACIÓN DEL PAPEL
Las mujeres y los niños que trabajaban en los batanes mijeños representaban, del total de los obreros, el 31 % las mujeres, y el 30 % los niños, pero estos cálculos corresponden sólo a la información de los padrones municipales, que nos dan personal aproximado para once batanes con una tina y un cálculo de ocho operarios para cada uno. Durante el gran auge productivo de los molinos de papel de la provincia que estaban en la costa de Málaga, el empleo femenino era muy superior, y en cuanto a Málaga el grueso de la mano de obra se encontraba en Mijas con una proporción de este personal también superior con un 44% el femenino y 11% el infantil. Durante el gran auge productivo de los molinos de papel de la provincia que estaban en la costa de Málaga, el empleo femenino era muy superior, y en cuanto a Málaga el grueso de la mano de obra se encontraba en Mijas con una proporción de este personal también superior con un 44% el femenino y 11% el infantil.
El empleo de mano de obra de mujeres y niños en la fabricación papelera viene, prácticamente desde sus orígenes. Ya en el siglo XVI la mujer era una fuerza laboral no contada, no sólo en las tareas domésticas, sino en otras actividades económicas, aunque los documentos apenas recogen noticias directamente sobre ellas.
Los niños estaban en calidad de aprendices durante cuatro o seis años y luego eran examinados por una comisión de expertos para acceder al rango de oficiales y maestros del arte de hacer papel, y así poder gozar de la retribución económica a su nueva responsabilidad. Se cumplían grandes formalidades en la admisión de los aprendices.
Es obvio hablar de los abusos que se cometían, motivo por el que se eliminó a principios del siglo XX este sistema de producción. Se asignaba el jornal a los trabajadores, y la proporción de las 3 pesetas pagadas a los hombres, descendía a 6 reales para las mujeres; el 50 % menos. No se contemplaban las horas extras trabajadas y los aprendices no recibían salario durante los tres años que duraba el aprendizaje solamente se les daba la comida y se les proveía de la cama en el mismo molino.
Al pasar a ser ayudantes de máquinas o cilindros recibían una semana de sueldo de ayudante como recompensa por haber ascendido de aprendizaje.
La fabricación de libritos de papel de fumar también utilizó a mujeres y mayoritariamente a niñas de 10 a 12 años, a las que le resultaba más fácil y rápida la manipulación de las pequeñas hojitas.
En los batanes de Mijas los niños y las niñas eran oficialmente bataneros a partir de los 10 años, lo que no descarta, sino que afirma, que trabajaban ya antes de la edad en que se les empadronaba como bataneros, y sobre todo por ser los hijos de los encargados o propietarios del batán. La instrucción la hacía el padre o el maestro, aunque la madre o la mujer papelera de Mijas también pudo haber cumplido esta función de enseñar a sus hijos e hijas las tareas de la fabricación. No olvidemos que algunos molinos de papel de la costa tuvieron como propietarias-fabricantes a varias mujeres.
Por otra parte, debemos suponer que las exigencias de perfección en el de estraza no lo eran tanto. Podemos hacer el seguimiento de los bataneros mijeños durante más de medio siglo, que han transmitido los conocimientos de padres a hijos, aunque sin excluir en el aprendizaje a otros parientes.

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