EMPLAZAMIENTO Y VÍAS DE COMUNICACIÓN
El núcleo urbano de Mijas se encuentra a 428 m de altitud sobre
el nivel del mar y recostado
sobre la falda de la sierra que lleva su nombre, o el de Blanca,
junto a la llamada Bermeja, y
que alcanza en sus cotas más altas los 1.150 m. Sus tierras
estaban bañadas por innumerables arroyos, siendo los ríos Ojén y Las Pasadas
los que, unidos para formar el Fuengirola, convierten sus tierras en un fértil
valle.
El entorno geográfico donde se encontraban emplazados los
primeros molinos nazaríes respondía a las condiciones ideales para su
funcionamiento, luego se irá agregando el resto de los molinos harineros, de
aceite, hasta la instalación de los primeros batanes de papel en el enclave ideal
que fue Osunilla.
Uno de los requisitos para lograr un buen desarrollo y sobre
todo la distribución de la producción, en esos años, era la localización de los
molinos cercanos a la ciudad y sobre todo y, en este caso, a su puerto. Mijas
enviaba casi todos sus productos desde Fuengirola por el mar, aunque también
tenía una buena comunicación terrestre que se usaba alternativamente para los pueblos
vecinos y del interior. Éstos caminos eran de herradura.
La red de comunicaciones partiendo de Málaga y siguiendo el
litoral se hacía por el camino real
que conducía a Marbella por el
oeste.
Por razones de seguridad, se despegaba bastante del litoral
pasando por Benalmádena y Mijas, situación que se mantuvo hasta bien entrado el
siglo XVIII, descendiendo a la costa a la
altura de Fuengirola siendo esta ruta segunda en importancia. El
camino de más importancia
era el que unía la capital con la ciudad de Granada y que pasaba
por Vélez Málaga, Zafarraya y Alhama.
SALARIOS Y TAREAS
El artesano papelero, grupo social claramente definido, aparece
constituido fundamentalmente por
antiguos maestros que entrarán en la ruina a medida que las nuevas técnicas de producción,
y la consiguiente legislación laboral se vayan extendiendo a lo largo del siglo
XIX, ante lo que tendrán que plantearse su actuación futura: seguir como
artesanos o bien adecuarse al nuevo sistema de producción.
Aunque éstos se distinguen de los obreros de otras manufacturas
conservando una relativa
autonomía en la organización del trabajo, ya que dominan una
especialización altamente
cualificada, por lo que no están íntegramente sometidos a una
voluntad exterior.
Los maestros papeleros no son meros ejecutantes; pese a su
situación limitada intervienen
en la producción y la venta de su producto quedando
comprometidos en una estructura económico-social muy particular.
Los salarios obreros no cualificados se sitúan en Málaga en 6
reales, cantidad inferior a la de cualquier jornalero. Los jornales malagueños en
este periodo oscilaban entre los 8 y los 14 reales diarios correspondiendo la
más alta remuneración a carpinteros, panaderos y albañiles, y los más bajos al
hortelano y jornalero de fábrica en 8 a 9 reales diarios, y entre 10 y 12 a los
diferentes oficios entre los que, como veremos, se encuentran los oficiales papeleros.
Se mantiene la diferencia entre los salarios masculinos y
femeninos oscilando éstos entre la mitad o un tercio menos del valor que el de
los hombres: alrededor de los 4 ó 5 reales en actividades industriales, siendo,
por otra parte, verdaderos salarios de hambre los de la numerosa población de
trabajadores infantiles.
LA MANO DE OBRA FEMENINA E INFANTIL EN LA
FABRICACIÓN DEL PAPEL
Las mujeres y los niños que trabajaban en los batanes mijeños
representaban, del total de los obreros, el 31 % las mujeres, y el 30 % los niños,
pero estos cálculos corresponden sólo a la información de los padrones
municipales, que nos dan personal aproximado para once batanes con una tina y
un cálculo de ocho operarios para cada uno. Durante el gran auge productivo de
los molinos de papel de la provincia que estaban en la costa de Málaga, el
empleo femenino era muy superior, y en cuanto a Málaga el grueso de la mano de
obra se encontraba en Mijas con una proporción de este personal también superior
con un 44% el femenino y 11% el infantil. Durante el gran auge productivo de
los molinos de papel de la provincia que estaban en la costa de Málaga, el
empleo femenino era muy superior, y en cuanto a Málaga el grueso de la mano de
obra se encontraba en Mijas con una proporción de este personal también superior
con un 44% el femenino y 11% el infantil.
El empleo de mano de obra de mujeres y niños en la fabricación
papelera viene, prácticamente desde sus orígenes. Ya en el siglo XVI la mujer era una fuerza
laboral no contada, no sólo en las tareas domésticas, sino en otras actividades
económicas, aunque los documentos apenas recogen noticias directamente sobre ellas.
Los niños estaban en calidad de aprendices durante cuatro o seis
años y luego eran examinados por una comisión de expertos para acceder al rango
de oficiales y maestros del arte de hacer papel, y así poder gozar de la
retribución económica a su nueva responsabilidad. Se cumplían grandes formalidades
en la admisión de los aprendices.
Es obvio hablar de los abusos que se cometían, motivo por el que
se eliminó a principios del siglo XX este sistema de producción. Se asignaba el
jornal a los trabajadores, y la proporción de las 3 pesetas pagadas a los hombres, descendía a 6
reales para las mujeres; el 50 % menos. No se contemplaban las horas extras trabajadas
y los aprendices no recibían salario durante los tres años que duraba el
aprendizaje solamente se les daba la comida y se les proveía de la cama en el
mismo molino.
Al pasar a ser ayudantes de máquinas o cilindros recibían una
semana de sueldo de ayudante como recompensa por haber ascendido de aprendizaje.
La fabricación de libritos de papel de fumar también utilizó a
mujeres y mayoritariamente a niñas de 10 a 12 años, a las que le resultaba más
fácil y rápida la manipulación de las pequeñas hojitas.
En los batanes de Mijas los niños y las niñas eran oficialmente
bataneros a partir de los 10 años, lo que no descarta, sino que afirma, que
trabajaban ya antes de la edad en que se les empadronaba como bataneros, y
sobre todo por ser los hijos de los encargados o propietarios del batán. La instrucción la hacía el padre o el maestro, aunque
la madre o la mujer papelera de Mijas también pudo haber cumplido esta función
de enseñar a sus hijos e hijas las tareas de la fabricación. No olvidemos que
algunos molinos de papel de la costa tuvieron como propietarias-fabricantes a
varias mujeres.
Por otra parte, debemos suponer que las exigencias de perfección
en el de estraza no lo eran tanto. Podemos hacer el seguimiento de los bataneros
mijeños durante más de medio siglo, que han transmitido los conocimientos de
padres a hijos, aunque sin excluir en el aprendizaje a otros parientes.
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